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domingo, 15 de agosto de 2010

Atracción fatal


Vivo en una comunidad más bien pequeña en la que unos cinco mil vecinos nos movemos sin estorbarnos demasiado, bien repartidos en una extensión amplia de casas bajas salvo en la zona del centro, donde se encuentran bloques de un máximo de tres alturas.
A lo largo del año sólo hay unos momentos, o épocas, pocas, en las que la convivencia se ve arrastrada a la zona oscura de la existencia y delas peores pulsiones del alma humana: en Octubre, cuando se abre la veda y los paseos pro el campo se convierten en un deporte de alto riesgo con propensión a la neurosis de guerra por soportar las cercanas explosiones y los domingos por la mañana, momento en el que la gente se olvida de las más elementales normas de buena educación y sería capaz de aplastar coches con tal de aparcar a la puerta del estanco, agujero negro por el que todos pasamos a comprar el periódico.
Si ni hubiera suficiente espacio para aparcar, la cosa sería más o menos comprensible, pero no es esa la cuestión. Puede haber sitios de sobra a cuarenta metros, pero las miradas se acortan y se fijan en las rayas blancas del paso de cebra, situado a escasos diez metros de la esquina con la carretera. La calle es estrecha y cuando un coche aparca en ese fatídico punto, las posibilidades de organizar una buena zapatiesa de tráfico son realmente altas: los que vienen desde la carretera no pueden pasar, así que el tapón enseguida coloniza esa vía con el consiguiente riesgo de colisión.
La policía municipal, inexistente, jamás actúa en ese punto y el único que da la nota es servidor, que siempre se acerca a la caja despotricando contra los mal educados que aparcan en el paso de cebra con tal de no mover el pesado trasero cuarenta pasos. Unos días se hace un silencio incómodo y espeso, pero otras se produce una airada reacción del propietario del coche que jamás, y digo jamás con conocimiento de causa, se reconoce carente de motivos razonables que justifiquen su mala educación.
Como ya he comentado oras veces, es el “culpable” de una mala acción el que trata de que lo execrable sea denunciar esa mala acción. No es malo haber matado, es malo poner en evidencia al asesino. Como en el caso de os defensores de la religión, de cualquier religión, se ha consagrado el absurdo de tener que defenderse sin poder blandir las razones de la buena educación, las más elementales normas de convivencia o los miles de años de ausencia de pruebas sobre la existencia de ese proclamado y silencioso dios.
La moraleja de toda esta historia es que me confieso indignado por lo poco que mis vecinos valoran la enorme suerte de vivir en una comunidad ajena a las malas prácticas que han invadido la gran ciudad sin que sus habitantes puedan hacer otra cosa que soñar con esos agradables momentos de domingo en los que se pasea con tranquilidad para comprar el pan, el diario y algo de aperitivo. Por favor, olvídense de esa atracción fatal por las blancas rayas del paso de cebra y disfruten de sus piernas.

1 comentario:

  1. El verdadero problema es que la gente en general no es educada. No sienten el más mínimo respeto por sus vecinos y anteponen siempre el dicho de ande yo caliente ríase la gente. En los pueblos de la sierra, en estas épocas y durante los fines de semana de todo el año, los visitantes asíduos y no residentes aparecen con las mismas malas costumbres que utilizan a diario en la ciudad. Con todas las ínfulas mal entendidas y querieno ser más listos y avispados que los lugareños. Al final los ayuntamientos no hacen nada porque piensan que estos quienes visitan las villas son los que traen el dinero extra para los negocios de los pueblos, pero si dejan que se conviertan en ciudades sin ley al final no echarán a todos, los que aquí vivimos y a los que vienen de visita que buscarán otros territorios que colonizar. Lo que deberían hacer los ayuntamientos es precisamente cortar el tráfico durante estos periodos en los centros de los pueblos, al fin y al cabo para muchos de estos "señoritos", muchos de ellos ya muy mayores, pasear es la única opción que se les puede ofrecer para ejercitar su corazón, al final lo harían por la salud de ellos, para que vivan muchos más años.

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