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viernes, 19 de julio de 2013

Una inmoralidad legal




El presidente del Tribunal Constitucional ha pagado las cuotas de militante del PP ( o similar, que hay que hilar fino y no dejar nada cerrado) unos cuantos añitos. El mismo tribunal se pronuncia y dice que no hay nada que objetar, que lo que no pueden hacer los miembros de ese colectivo es ser dirigentes de esos mismos partidos y a otra cosa, mariposa.
Pues lo siento, será legal y no dudo de la excelsa jurisprudencia de ese colectivo marcado  desde hace años por la más negra de las intrigas políticas, pero es una cagada del nueve: legal, pero cagada se mire por donde se mire. Es más, si de mi opinión hubiera que hacer caso, un juez no podría ni ser socio del Rayo Vallecano, que tal como está el patio a lo mejor le tocaba declararse incompetente.
Llegados a este punto, lo de la desobediencia civil de Gandhi empieza a sonar a juego de guardería y jardín de infancia, pero la verdad es que no se me ocurre nada mejor que declararnos todos en estado de rebeldía civil y volver la espalda a todos éstos. Es ahora, en estas situaciones, cuando agradezco los sensatos consejos de mi cuñado Fernando y evito los calificativos que se agolpan en la yema de los dos dedos con los que escribo.
Los paisanos todos nos partimos la cuerna con un día a día bastante hijo de puta, por si alguien se había olvidado. Nos rompemos el lomo trabajando, creyendo, tirando del carro, tapando heridas y estos tales dedican sus afanes al más abyecto compadreo del que estamos mucho más que hartos. ¿Que hacer? Volverles la espalda, depositar nuestras declaraciones de hacienda en las notarías exigiendo que los gestores sean otros, no votar   una  sola lista que contenga encausado alguno, abuchearles, negarles el pan y la sal en sitios públicos, negarles el saludo, la palabra y la atención. 
Hay que conseguir que les de vergüenza salir de las cloacas que habitan, por mucho que san áticos en lugares de veraneo o chalets de lujo. Es hora de que toda esta calaña, esta gavilla de innombrables desaparezca de este país y que cualquier duda sobre la honradez de alguien se convierta en una condena social inaplazable.
Este caso es uno más, pero afecta a lo más hondo, a lo intocable, a lo casi sagrado: nos han pateado los huevos mientras nos hacen pedorretas, pues saben que no les haremos  nada. 
Estoy harto, realmente harto.

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